Deja que el idealismo fluya

La tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada hombre, pero no la codicia de cada hombre” (Gandhi)

A Xan no le iban tan mal las cosas. Conseguía de vez en cuando algunas monedas de despreocupados comerciantes, comía lo que el bosque le otorgaba, pasaba las noches en una cueva arcillosa que iba dando a sus ropajes el aspecto y dureza de una tabla y entretenía sus ratos de ocio como buenamente podía. Por la noche, se sentaba en la entrada de la cueva y pasaba horas mirando la luna y las estrellas, oía a los perros de la aldea y resbalaba hasta un sueño ligero donde iban apareciendo, de uno en uno, todas sus ilusiones y sus miedos.

La llegada de Fiz dio al traste con su negocio. Todavía recuerda la noche en que, paseando por la vereda del bosque, entre robles y castaños, vio avanzar al fantasma. Era un fantIMG_1523asma enteramente igual a cualquier otro fantasma. Venía envuelto en una sábana blanca, con una luz en la cabeza y arrastraba unas cadenas que chirriaban al rozar con los pedruscos del camino. Fiz se dolía de que todos escaparan aterrados ante su visión, sin pararse a escuchar lo que tenía que decirles y de la enorme cantidad de agua bendita que le arrojaban haciendo que siempre anduviera con la sábana húmeda.

El negocio inició su decadencia cuando se enteraron de la existencia del espectro y ya no hubo más grito de “Alto, me caso en Soria” con el que sorprendía a los confiados caminantes. Xan se convirtió en bandido de un desierto sin caravanas que es lo más estúpido de todas las ocupaciones. Pero pronto entablaron amistad, conversaciones nocturnas, confidencias de sueños e ilusiones y cansancio acumulado.

—Cotobelo, está muy bien tu compañía pero me arruinas el negocio. Quizá ya fuera el momento que te marcharas

—¿Marcharme? Todo bosque necesita un bandido y un fantasma y aquí estamos solos sin competencia

—Cierto, pero tu lo has dicho, estamos solos. Ya nadie cruza por el bosque

—Eso es verdad, pero somos amigos.

—También eso es verdad Fiz.

Recuerdo que siendo niño escuché una historia en la aldea, tal vez con mi padre mientras alguien la contaba en la cantina apurando un vino. Hubo dos amigos. Llevaban años juntos, compartían edad, conocimientos, ilusiones y trabajo para un mismo señor. Casi llegaron a ser hermanos, superando juntos buenos y malos momentos. Ambos querían cambiar su mundo, el que les rodeaba, compartiendo ilusiones, esperanzas y maneras de hacer las cosas pero de forma diferente a lo que sus ojos se habían acostumbrado a ver. Había honestidad, honradez, transparencia y sinceridad en sus actos y entre ellos, a pesar de sus diferencias, compartían los mismos valores e ideales.

El señor murió y los herederos, desconocedores del negocio y a falta de alguien de confianza que siguiera con su marcha, le dieron a uno de ellos la capacidad de liderarlo como él quisiera hacerlo. Sin duda aquello era una gran oportunidad, personal pero también conjunta. Ambos, cada uno en su función, uno como nuevo patrón y otro a sus órdenes, tenían la posibilidad de poner en práctica todas aquellas cosas que en su día habían hablado y soñado. El destino les daba la oportunidad de trabajar por y para sus valores, de cambiar su entorno, de luchar contra la podredumbre, el corto placismo, la inmediatez y el egoísmo. De generar la ilusión en un colectivo y crear entre todos un sentimiento de pertenencia que nunca había existido. De diseñar, escuchar, comunicar y crear como tantas veces había dibujado en el aire. De escribir una nueva historia sobre renglones de unos valores distintos y compartidos.

Pero pronto sucedió lo impensable. “Lo que haces habla tan alto que no me deja escuchar lo que dices”. Los cimientos de aquella oportunidad pronto se resquebrajaron. Los valores mutaron. La honestidad y la honradez dieron paso a la deslealtad y truhanería. La humildad, la dignidad y la austeridad, a la soberbia, vanidad, despilfarro y vileza. La coherencia se convirtió en caos e incongruencia. Donde había transparencia y sinceridad creció la opacidad y las mentiras, donde había que escuchar se ofreció un monólogo, donde debía crecer la empatía se construyó un muro. La confianza, la determinación y la creencia en un grupo dieron paso a las cobardías, las dudas y a la defensa del individuo y sus propios intereses. La verdad fue sustituida por el engaño y la hipocresía y el liderazgo por poder, arrogancia, títulos y jerarquía. La ilusión y la esperanza por desconfianza, desengaño y decepción. Y la arbitrariedad quebró la justicia. El efecto Pigmalión negativo inoculó las almas de todos salvo los elegidos. Una semilla de compromiso engendró un monstruo de hastío.

G. Hamel propone un experimento. Reúna el último informe anual de una compañía, su declaración de misión o el discurso reciente de su director. Lea los documentos y haga una lista de palabras o frases que se repitan a menudo. Haga un poco de análisis de contenido. Es probable que haya apuntado temas como superioridad, ventaja, liderazgo, diferenciación, valor, enfoque, disciplina, responsabilidad, eficiencia. No hay nada malo en ello pero ¿estos objetivos le aceleran el pulso? ¿Le hablan a su corazón? ¿Son buenos en cualquier sentido cósmico?

Los valores no se modifican con las circunstancias. No son venales sino trascedentes. En Valoresuna organización, son el marco de referencia del comportamiento de sus integrantes (razón de ser), del propósito para el cual fue creada (misión) y de su proyección en el futuro (visión). Son inspiradores de actitudes y acciones, de los detalles diarios. Han de vivirse, recordarse, entenderse y no escribirlos en un gran tablón público o en un reunión rauda y veloz para cumplir. ¿Por qué los ideales que más importan a los seres humanos son los que están ausentes de manera significativa en el discurso de las organizaciones? La vida corporativa es explícitamente profana, mecánica, mundana y materialista, tanto que cualquier intento de inyectar una nota “espiritual” es descabellado y queda fuera de lugar.

El éxito depende de los valores, de su pasión, de su disciplina y de su constancia a la hora de vivirlos, convirtiéndose en una cultura. La pasión genera empatía y es contagiosa. Toda organización está guiada por los valores, ¿qué valores ocupan el asiento del conductor? El líder debe transmitirlos, compartirlos, vigilarlos y alimentarlos, convirtiéndose en ejemplo. “Dar ejemplo no es la principal manera de influir; es la única manera” (Einstein). La gente compra un líder antes de comprar su visión.

En “El hombre en busca de sentido”, V. Frankl expone: “Porque el éxito, como la felicidad, no puede perseguirse; debe suceder y solo lo hace como la consecuencia no intencionada de nuestra dedicación personal a una causa mayor que uno mismo”.

Fiz, no aplastemos el idealismo por el énfasis que colocamos en la racionalidad y el pragmatismo. Dejemos que el idealismo fluya. Aunque seamos Quijotes luchando contra molinos.

 

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