Atornillados a la indiferencia

“Una nación no debe juzgarse por cómo trata a sus ciudadanos con mejor posición, sino por cómo trata a los que tienen poco o nada” (N. Mandela)

Hace pocos días, un artículo publicado en la sección de cultura de El País, servía como punto de origen de una conversación escrita entre ex compañeros de clase localizados en diferentes partes del mundo. En él, el artista y activista chino Ai Weiwei hacía una declaración que daba título a artículo: “La humanidad es cada día más cobarde” (ver aquí) . Si nos paramos un momento y revisamos el significado de la palabra cobarde, encontramos lo siguiente: (i) [persona] “que siente miedo ante situaciones difíciles o muestra falta de valor para emprender acciones peligrosas o que conllevan cierto riesgo” y (ii) [persona] “que perjudica o hace daño de forma encubierta por carecer de valor”.

El contexto de las palabras de Ai Weiwei se enmarcaba en su pesimismo sobre la situación de los refugiados en el Mediterráneo y el desprecio por el cambio climático. (Hago aquí un paréntesis para mostrar mi vergüenza ante las declaraciones de nuestro ministro del interior, Juan Ignacio Zoido. Este lumbreras de la política dijo “No es nuestra responsabilidad que los inmigrantes decidan huir” unido a “hay que concienciar a las ONG de que están para ayudar y no se está para favorecer o potenciar la inmigración irregular”. Resumiendo en pocas palabras: dejen que se mueran).

Pero, ¿somos realmente cobardes?

monosMi respuesta es no. Un no rotundo. La humanidad no es cobarde sino que lleva inoculada, ahora más que nunca, el virus de la indiferencia (y con ello la insensibilidad). Volviendo al diccionario, una persona indiferente es “aquella que no muestra una actitud positiva ni negativa hacia determinada cosa o persona o que no la muestra hacia nada ni nadie”. También es aquella que “carece de interés o importancia por no tener consecuencias ni afectar a otra cosa”. Lamentablemente comparto el pesimismo de Ai Weiwei. Valores como la coherencia, la honestidad, la autenticidad y no digamos ya otros como la humildad o la humanidad, cada vez se encuentran más acorralados por la indiferencia y en su origen, por el egoísmo. Cada vez más nos movemos más por motivaciones exclusivamente personales y aunque no se verbaliza, nos hacemos en silencio la pregunta ¿qué gano yo con esto?. La indiferencia hace que ya miremos sin ver, que giremos o bajemos la cabeza para no mirar, que enterremos las conciencias bajo una tonelada de cosas materiales que suponemos necesarias, que pensemos sólo en nosotros mismos primero y luego, en segunda o tercera derivada, también en nosotros mismos o nuestro más reducido y estrecho círculo. Todo aquello que vemos, escuchamos, les ocurre a otros que están muy lejos de nuestro ámbito; no es mi vida, poco puedo hacer, algo habrán hecho, es muy complicado, alguien hará algo, son algunas de las lacónicas frases que solemos utilizar como vendaje alrededor de nuestras conciencias, mientras que a la vez, nos preocupamos sólo de nosotros mismos, de nuestras posesiones y nuestra salud económica y mientras, como dijo Hannibal Lecter, “we covet what we see everyday”.

Quizá leas esto desde una playa con los pies hundidos en el agua del Mediterráneo llena de miles de cadáveres o quizá estés en un país o región donde la pobreza consume sus entrañas. Y quizá tengas unos minutos para pensar sobre todo esto y decidir alguna mínima acción que puedas hacer para impedir que la indiferencia, tuya, mía, nuestra, siga avanzando. O quizá sea más fácil aquello de lo pensaré más tarde que estoy de merecidas vacaciones y ahora no tengo tiempo y además es irrelevante. No, no lo hagas, date un minuto y rompe tu escudo de la indiferencia; mira hacia los lados, es posible que descubras a alguien conocido o no, que necesite de tu ayuda. Busca un impacto positivo por pequeño que pueda ser, actuará como un dominó. No te atornilles en la indiferencia.

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